El cortoplacismo

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La vida diaria no deja de ser un reto para la inmensa mayoría de las personas, las encrucijadas y la toma de decisiones forman parte de nuestro día a día; desde la simple decisión de pasar por tal o cuál calle para llegar a nuestro destino, la de ir a uno u otro restaurante a comer o la decisión de comprar tal o cuál bien hasta otras decisiones aparentemente más trascendentales, como decidir qué estudios cursar o cómo encarar un proceso de selección, todas ellas tienen algo en común, el hecho de que toda acción conlleve una reacción. Dicho de otro modo, toda decisión que tomemos acarreará con seguridad toda una serie de consecuencias, tanto a corto como a largo plazo, algunas de ellas serán previsibles, otras quizá no tanto.

Permitidme en este breve post reflexionar sobre un neologismo que últimamente parece estar de moda; me refiero al llamado cortoplacismo. Si buscamos una definición a este nuevo término bien podría ser la siguiente, cortoplacismo es el “hábito o práctica de actuar a corto plazo“, mientras que su adjetivo derivado, cortoplacista, sería “aquel partidario del cortoplacismo“. Cabe aclarar que estos términos no están todavía en el diccionario de la RAE, es decir, no tienen una definición oficial, aunque su uso de actualidad seguramente pronto provoque su inclusión.

El término referente al cortoplacismo sí tiene, no obstante, cabida en el imaginario popular; por ejemplo, se acostumbra a decir “pan para hoy, y hambre para mañana“, en situaciones en las que la necesidad de un resultado positivo inmediato puede provocar uno negativo o contraproducente en un futuro, también se puede escuchar aquello de que “las prisas son malas consejeras“, en referencia a que las decisiones se deben tomar de manera serena y meditada, calculando los pros y contras y previendo, en la medida de lo posible, sus consecuencias. Seguramente habrá muchísimos refranes más para ilustrar este concepto, dejo en manos del lector el sugerirlos comentando este post, y es que la sabiduría popular muchas veces va delante de los neologismos; en pocas palabras,  nuestros mayores ya sabían desde hace tiempo que los mejores resultados, los más duraderos en el tiempo y los que tienen las mejores consecuencias presentes y futuras, son los derivados de decisiones meditadas, trabajadas y tomadas con visión de futuro, o sea, precisamente,las decisiones antagónicas a las cortoplacistas.

El cortoplacismo parece cómodamente instalado en la vida actual, por ejemplo, políticos que toman decisiones de cara a su galería, para arañar votos de manera inmediata sin reparar en el daño colectivo a largo plazo; o también en el lanzamiento agresivo de ciertos productos de consumo, sin analizar la utilidad y el uso a largo plazo de los mismos. Actuar pensando en el corto plazo puede tener una ventaja innegable en muchas situaciones, puede ayudar a superar una dificultad sobrevenida, a veces es necesario un golpe súbito de timón para aderezar una situación imprevista o resituar algo que se tuerza, pero nunca debería ser el motor de la vida diaria. En pocas palabras, actuar rápidamente y a corto plazo puede ser útil a veces, pero si lo usamos como razón de ser, a la larga iremos al fracaso con seguridad; si no, observemos el resultado de una campaña publicitaria agresiva por el lanzamiento de un nuevo producto. A corto plazo, a base muchos esfuerzos y medios, posiblemente se consigan los objetivos marcados, no obstante, a largo plazo, ¿el producto ha tenido continuidad? dependiendo de si la respuesta ha sido un SÍ o un NO podremos deducir si quizá tal producto fuera o no lanzado con una visión demasiado cortoplacista, o no.

La visión a corto plazo puede llevar a errores estratégicos. Fuente: www.masrendimiento.es

La visión a corto plazo puede llevar a errores estratégicos. Fuente: masrendimiento.es

No es un término banal, sobretodo en el mundo empresarial, los presupuestos u objetivos de muchas empresas son marcados en términos cortoplacistas, usualmente a menos de un año, y demasiadas veces se escucha aquello de “año nuevo, vida nueva“, que en este caso querría decir que cuando se acaba el objetivo en cuestión, se pasa al siguiente, o que los éxitos de la campaña pasada no se tienen en cuenta si se incumple la futura. Pero no hay que olvidar que una colección de éxitos a corto plazo pueden no ser nada si no impera una visión estratégica a largo plazo, de nada servirán tales éxitos a corto si su conjunto no redunda en un éxito a largo plazo. No olvidemos que un éxito cortoplacista es efímero, y que si coleccionamos éxitos a corto plazo sin valorar sus efectos a largo podremos incluso llegar a observar que estos mismos éxitos puedan ser contradictorios entre sí; en pocas palabras, un conjunto de éxitos cortoplacistas pueden llevar a un fracaso a largo plazo.

Personalmente, prefiero las visiones y las estrategias a largo plazo, los planes directores de las empresas que contemplen una serie de objetivos a conseguir en más de un ejercicio y que marquen una senda estudiada y a seguir. El cortoplacismo puede ser útil en ciertas situaciones, puede ser una herramienta potente y útil, pero es muy peligroso en el largo plazo; si no, pregunten a tantos políticos que han visto mermadas sus expectativas de voto por el hecho de fijarse demasiado en el corto plazo, en sus votantes inmediatos, en rascar un puñado de votos con ciertas declaraciones desafortunadas más que fijarse en el conjunto del electorado y actuar con paciencia y a largo plazo.

Y es que ya se sabe aquello de “más vale prevenir que curar“, aunque parece tantas veces que nos guste más curar que prevenir; la Historia está llena de ejemplos de decisiones precipitadas, empresas fallidas por errores estratégicos, o elecciones perdidas por acumulaciones de despropósitos, y a la Historia me remito. Por ello, convendría evitar, en la medida de lo posible, situaciones en las que sólo se prime el resultado inmediato y, por contra, hacer propósito de enmienda y fomentar la visión estratégica y a largo plazo, que aquella que realmente aportará seguramente valor y colaborará de manera eficaz en la consecución de aquello que nos propongamos.

Jordi Mulé

Economista C.E.C. núm 13147