El principio de Pareto y la riqueza.

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En el siglo XIX, un economista italiano llamado Vifredo Pareto observó un patrón que se repetía casi de manera sistemática en muchos ámbitos de la sociedad; vio como, casi siempre, la minoría tiene el poder sobre la mayoría, es decir y en concreto, que muy a menudo un veinte por ciento de un conjunto acapara el ochenta por ciento del valor.

O bien, lo que es lo mismo, que de manera natural, el ochenta por ciento de los sucesos pueden provenir de sólo el veinte por ciento de las situaciones. Y esto que parece a primera vista inverosímil, se demuestra con el tiempo que es una certeza empírica; este razonamiento se usa en muchos ámbitos, incluidos los industriales, como por ejemplo, en los procesos de control de calidad de las industrias, y se cumple de manera casi matemática. Es decir, del mismo modo que podemos afirmar sin miedo a equivocarnos que los precios de un bien económico subirán cuando su demanda suba o su oferta baje, y que bajarán cuando su oferta suba o su demanda baje, también podremos afirmar sin muchas dudas que, si queremos encontrar el 80% de los defectos de una producción, seguramente estudiando el 20% de las diferentes partes de la misma tendremos bastante. Parece increíble, pero es cierto.

Esta ley o Principio de Pareto es una de las leyes fundamentales en Economía Productiva, algo así como un axioma que hay que tener en cuenta si queremos tener la producción lo más controlada posible y con el mínimo coste por este control, pero este mismo principio desgraciadamente también se cumple en muchos ámbitos de tipo social; la riqueza mundial está ostentada por una minoría de la población mundial, en todos los países del mundo hay un pequeño tanto por ciento de gente que ostenta la gran mayoría del poder, las noticias son acaparadas por una minoría de personajes públicos y las mismas a menudo afectan realmente a una minoría de la población. Es decir, por todas partes nos encontramos el señor Pareto y su famoso principio.

Reflexionando sobre este tema, me doy cuenta de cómo es realmente el ser humano, de cómo de previsible puede ser en su conjunto y de cuán imprevisible puede ser individualmente. Es tan previsible a nivel agregado, que incluso podemos enunciar leyes económicas que nos permitan definir comportamientos de las diferentes variables que forman parte de la ciencia social por excelencia, la Economía; en cambio, somos incapaces de poder predecir con certeza lo que haremos cada uno de nosotros en un futuro próximo. No obstante, a nivel agregado, somos tan previsibles que incluso hemos llegado a formular leyes econòmico-matemáticas y estadísticas que se demuestran tan a menudo tan precisas, como la antes denominada de la oferta y demanda, o como la Función de Pareto y su derivado, la Ley de Zipf, tan importantes en Economía Productiva y en Lingüística, respectivamente. Somos animales sociales, gregarios, y este hecho queda patente, en gran parte precisamente, en leyes tan curiosas como estas, pero individualmente somos verdaderamente únicos e irrepetibles, así de grande pero también así de débil es el ser humano; ojalá la riqueza mundial no se distribuyera según una función de Pareto, y se distribuyera de manera más justa, pero estadísticamente así se demuestra que es.