La Historia vuelve a repetirse.

Normalmente, un problemilla no resuelto a tiempo y de manera definitiva con el tiempo puede volver convertido en un problemón. He aquí una reflexión de actualidad.

Recuerdo de niño haber leído con avidez un libro de historia en casa de mis padres, uno de aquellos que te daban en una caja de ahorros provincial por Sant Jordi si les ingresabas cinco mil de las antiguas pesetas; se llamaba  “Historia de Cataluña” y relataba con textos e imágenes los hechos sucedidos entre 1900 y 1932. Este libro era de lo más interesante, abundaba el material gráfico; imágenes de la Barcelona de comienzos del XX, la Semana Trágica, la Mancomunitat de Catalunya, el movimiento obrero, la dictadura de Primo de Ribera y el Estatuto de Núria de 1932.

Al respecto del Estatuto de Catalunya de Núria de 1932, que regió durante la Segunda República,  recuerdo la gracia que me hizo leer el “auca” publicada en 1932 en “l’Esquella de la Torratxa” (periódico satírico en catalán de la época). Decían las primeras viñetas de la misma una cosa así como “rodontxó, gros i panxut, va anar a Madrid l’Estatut. Una volta discutit, ens torna petit, petit” (algo así como que el Estatuto que iba a Madrid era grande, gordo y hermoso y volvía a casa adelgazado y pequeñito). Seguramente alguien al leerlo esbozará una media sonrisa, y es que la historia acostumbra a repetirse.

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Fragmento del “Auca de l’Estatut de Catalunya”, publicada en el satírico “l’Esquella de la Torratxa”, en 1932.

Y es que esta historia lleva ya tiempo sucediendo y repitiéndose; ya pasó con la primera República (ver imagen), allá por el siglo XIX, cuando se pedía un Estado Federal, pasó durante el primer tercio del siglo XX, pasó en la Transición y pasa actualmente . Éste es un tema recurrente que ya hace demasiado tiempo que dura, sin que parezca que nunca haya habido un diseño definitivo de un encaje que satisfaga todos. O, al menos, las soluciones aportadas, a la larga, no han satisfecho a todo el mundo.

Republica federal o unitaria. Siglo XIX

La polémica ya existía en el siglo XIX, como se puede ver en esta ilustración cómica de la época.

Por otro lado, está la postura contraria, la unitarista y que también ha tenido varias oportunidades durante el mismo periodo; durante comienzos del XX, con las tesis del partido Radical de Lerroux, cuando la “dictablanda” de Primo de Ribera, etc. Esta opinión se podría resumir en la idea de que un país debe ser homogéneo; y es que la visión de “un pueblo, un estado, una lengua” proviene de la Revolución Francesa y de los ideales románticos. Un ejemplo de Estado unitario podría ser Francia, que partía igualmente de un conjunto de pueblos y lenguas bajo el mismo rey y que con la Revolución se convirtió en  un estado centralizado y unitario que, a su manera, funciona bastante bien; pero también existen multitud de estados heterogéneos y que también funcionan muy bien, como Canadá o Suiza. Es decir, para que un Estado sea viable no tiene por qué ser homogéneo, sino simplemente estar bien organizado y ser eficiente, pues el orgullo de pertenencia a un Estado no sólo lo conforma la pertenencia a uno u otro grupo étnico sino la percepción de que el estado en cuestión representa, ayuda y protege de manera eficiente a su ciudadanía.

El debate en la España actual está abierto. El diseño del estado autonómico de 1978 tuvo un gran acierto y fue una fórmula muy valiente para la época en que se hizo, reconoció las “nacionalidades históricas” y su derecho a la autonomía aunque en mi parecer, este sistema, en su grandeza,  tuvo también un error; este error no es otro que el llamado “café para todos“. Dejando aparte las nacionalidades históricas, fueron creados diversos entes autonómicos que con el tiempo  fueron llegando al mismo nivel competencial que las primeras, en zonas donde quizá no había reivindicaciones en ese sentido. Quizá en ese momento hubiera sido más eficiente o barato  (por ejemplo) crear menos autonomías, con competencias claras y blindadas, dejando al resto del territorio como “de derecho común”, a imagen y semejanza de otros estados.  O quizá no, pues la situación política de la época de la Transición era cualquier cosa menos tranquila y seguramente se creó el mejor sistema que se pudo en aquel momento. Sea como fuere, aquí estamos, en uno de los Estados más descentralizados de Europa pero con un Sector Público descomunal.

Y la controversia sigue, y esta vez con mucha fuerza, creo urge una solución definitiva que satisfaga a todos y que sólo puede ser dialogada, pues este debate ya hace demasiado tiempo que dura. Personalmente, espero y deseo ver un poco de claridad en las declaraciones e intenciones de los políticos, cualesquiera que sean sus ideas o partidos, y una voluntad de entendimiento pero las posturas quedan muy alejadas. ¿Hasta cuándo?